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El emir de Qatar inaugura el torneo y celebra la “diversidad” en un palco sin apenas mujeres | Mundial Qatar 2022


“Qué maravilloso que la gente pueda poner a un lado lo que los divide y celebrar la diversidad y lo que une a todos a la vez”, declaró, ufano, el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, en la ceremonia de inauguración del Mundial. Apenas 24 horas antes, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, había dicho algo muy parecido al responder a una pregunta: si no se arrepentía, como su predecesor, Joseph Blatter, de haber llevado el torneo a un país que discrimina a las mujeres -se veía a pocas en el estadio- y criminaliza la homosexualidad. “Personas de todas las razas, nacionalidades, creencias y orientaciones se reunirán en Qatar y alrededor de las pantallas en distintos continentes para compartir emociones”, añadió el emir, obviando las campañas que llaman a boicotear este Mundial también desde casa.

En el palco de autoridades del estadio Al Bayt, a unos 60 kilómetros al norte de la capital, Doha, Infantino se sentó —o le sentaron— junto al príncipe saudí Mohamed Bin Salmán, considerado el instigador del brutal asesinato del periodista crítico Jamal Kashoggi en el consulado de Estambul en 2018. El pasado septiembre, Bin Salmán fue nombrado primer ministro del país que lapida y que impone condenas de más de 30 años de cárcel por tuitear.

Entre otras autoridades, también se desplazaron hasta el emirato para asistir a la ceremonia inaugural el presidente egipcio, Abdel Fatah al Sisi; el turco, Tayyip Erdogan; el de Argelia, Abdelmayid Tebún, y la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, cuyas selecciones no participan en este Mundial, además del secretario general de la ONU, António Guterres, y el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach. La FIFA ha tirado de Naciones Unidas para tratar de zafarse de las críticas por celebrar el Mundial en Qatar. El sábado anunció que se había asociado con la ONU “para llevar adelante campañas sociales” durante el torneo. Los lemas son: “El fútbol une al mundo”; “Salvemos el planeta”; “Protejamos a los niños”; “Compartamos la comida”; “Educación para todos”; “Fútbol en las escuelas”; “No a la discriminación” y “A movernos”.

El actor Morgan Freeman, el mismo que interpretó a Nelson Mandela en Invictus, aseguró desde el césped —cubierto para la ceremonia previa al primer partido por una larga lona—, que el fútbol da la vuelta al mundo, une a las naciones y también a las comunidades. Se repitieron mensajes de “tolerancia” y “respeto”. Infantino insistió en que el fútbol es una especie de pegamento para todo.

Hubo fuegos artificiales, espectaculares juegos de luces y actuaciones musicales: canciones tradicionales y modernas; como las de Jungkook, uno de los miembros del grupo surcoreano BTS, que interpretó Dreamers (soñadores) y el catarí Fahad Al Kubaisi, “activista de derechos humanos” según la nota de prensa de la FIFA.

La ceremonia resucitó a Naranjito y a otras mascotas históricas de los mundiales que, en comparación, eran mucho más pequeñas que la de España 1982, incluido un armadillo. La de esta edición de la Copa del Mundo es un turbante blanco y sonriente, pero lo pusieron a flotar en el aire y había que fijarse mucho para no confundirlo con el fantasmita Cásper. En ese afán de mostrar concordia y unidad, grupos musicales interpretaron canciones típicas de las aficiones de cada país —la cuota española fue para “Yo soy español, español, español”—.

El primer partido, un Qatar-Ecuador, se celebró, para subrayar ese mensaje de pueblo hospitalario e integrador, en un estadio, el Al Bayt, con forma de jaima. El reguero humano entró hasta llenarla casi por completo – el narrador anunció 67.372 espectadores- después de un monumental atasco y las broncas a grito pelado sacando medio cuerpo por la ventanilla. Hay instintos universales.

También se acercaron al estadio algunos aficionados sin entrada, y varios de ellos se pusieron a rezar en el césped de las inmediaciones con camisetas de sus jugadores favoritos, como Ronaldo. Pero no les ayudó Dios esta vez: Ecuador sentenció el partido en el primer tiempo, motivo por el cual muchos decidieron no volver tras el descanso para ver los siguientes 45 minutos. La afición catarí tenía, de espaldas al campo, a una especie de director de orquesta que iba indicando a la grada de fans cuándo debían gritar, saltar o cantar, como el público que asiste a esos programas de televisión con aplausos y risas enlatadas. Al otro lado del campo, los aficionados ecuatorianos parecían más espontáneos, más habituados a los rituales del fútbol.

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