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Javier Marías o la estética de la incertidumbre | Cultura


El escritor Javier Marías, en su domicilio de Madrid en 1995.Bernardo Pérez Tovar

Parece que hubiera estado siempre ahí, y es bastante verdad para varias generaciones de lectores de literatura: ya estaba, en realidad, cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, pero fisgaba en la biblioteca de un padre pensador, ensayista y articulista durante muchos años repudiado por el franquismo. A Julián Marías nunca le dejó nadie ser profesor universitario durante décadas, y eso su hijo Javier no lo olvidó nunca, y con razón. Por eso, tantos años después, el centro de su mejor y más inquietante novela iba a ser la delación durante la guerra de su padre por parte de un compañero de estudios y amigo. Ahí arrancaba el núcleo duro de Tu rostro mañana, cuando Marías, fallecido este domingo a los 70 años, era ya un novelista consagrado nacional e internacionalmente. Recuerdo a Javier Pradera, con las gafas colgadas de la punta de la nariz, poniendo los ojos en blanco como expresión muda de impresión ante aquella primera entrega de una extensa novela: el salto era definitivo, y a mí también me lo pareció.

Pero eso sucedía ya muy tarde, en el siglo XXI, y cuando Marías era uno más de la familia para la multitud de lectores de la novela que había empezado a salir tras la muerte de Franco, y a veces incluso antes de su muerte definitiva (porque figuradamente estuvo muerto mucho antes de 1975): esos muchachos alérgicos a la tradición española, en el fondo hispanofóbicos, como el propio Marías, y que exhibían sin miedo sus lecturas anglosajonas, su petulancia elitista, su poder de escritura y su rechazo a un mundo siniestro y lóbrego, que era aquel en el que habían nacido. De hecho, por inventar, Marías hasta inventó una primera novela ambientada en unos Estados Unidos que fabulaba sin tasa y sin rebozo a los 20 años.

Lo que salió fue Los dominios del lobo, sin apenas resonancia, como es lógico, pero sí la suficiente como para que el azar de las amistades lo vinculase a un hombre capital en su biografía y en la de un puñado de chavales adictos a la literatura como aventura militar y experimento vital: Juan Benet. Lo ha dicho Marías tantas veces que parece mezquino ahora repetirlo, pero sin Benet, incluso sin un Benet recreado como personaje de ficción, como hizo en Así empieza lo malo, Marías no habría encarrilado su prosa de novelista hacia una mezcla sinuosa y voluble de especulación reflexiva, narración sostenida, humor pálido y subterráneo y convicción sobre los poderes de la ficción como conocimiento.

Nunca olvidó a su padre, nunca olvidó a Benet, y casi nunca olvidó tampoco que la novela era el espacio de la improvisación teledirigida, el lugar de la experimentación que conduce a veces a contradecirse a uno mismo, a explorar sin saber demasiado el destino final de un territorio desconocido: el del propio saber. Por eso un clásico de la novela contemporánea española empieza con una frase inolvidable: “No he querido saber, pero he sabido”. El resto está en una de las grandes obras, Corazón tan blanco, de un autor que conquistó con la novela a un público leal y casi siempre desconcertado ante la siguiente espiral de uno de sus temas mayores: la estética de la incertidumbre.

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