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José García Buitrón, el médico que no toleraba el desamparo de la gente | España



La unanimidad es una circunstancia extraña en nuestros días. Pocas personas, José García Buitrón era una de ellas, logran hoy concitar ese sentimiento de concordia, de adhesión. Quizás por aquel afán suyo de crear comunidad, por su vitalismo, por su bondad, por la sensatez y la alegría que entregaba tan generosamente a los demás. Todas eran virtudes irresistibles, transformadoras, para cualquiera que tuviese la suerte de acercarse a él y conocerlo.

Siempre me ha parecido que Josito, Buitrón, era el producto más depurado de esa Coruña librepensadora e ilustrada, progresista, republicana, que empapó los siglos XIX y XX con su compromiso cívico, en vanguardia siempre de las grandes conversaciones sociales de nuestro tiempo. La ciudad de los ateneos, de las escuelas, de las sociedades obreras y culturales ―una de las primeras de España en plantarle cara al absolutismo― fue también el lugar que mi amigo escogió para vivir y trabajar.

Ese nervio ciudadano atravesaba, de parte a parte, el pensamiento de José, un médico inquieto, un hombre de ciencia, comprometido con las causas justas y, muy singularmente, con la defensa de una sanidad pública y de calidad. Nos enseñó que la confianza en lo público es un patrimonio colectivo, intocable, que ningún modelo de negocio debe arruinar o condicionar.

No toleraba el desamparo de las personas, la desigualdad, la pobreza. Tampoco la resignación ni la mentira. Por tal motivo Buitrón era el lector más inflexible del relato democrático contemporáneo, ese que oculta las precariedades del sistema, vanagloriándose de lo logrado y relegando la voluntad ciudadana a una cita con las urnas cada cuatro años. Él nunca se conformó y su trayectoria profesional y política así lo demuestran.

Hoy, en la hora de su muerte, resulta inevitable pensar en todas las vidas que él contribuyó a salvar, con sus propias manos. El rastro de gratitud, cariño y admiración que deja. Desde aquel trasplante pionero en Galicia, en el año 1981, y durante toda su carrera como cirujano, gerente del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac) y responsable de la Oficina de Coordinación de Trasplantes.

En cada logro profesional, en cada órgano vital restablecido, el doctor Buitrón encontraba un pretexto para sanar nuestro cuerpo social. Porque la salud de una única persona era, para él, la salud de la comunidad misma, la expresión de una convivencia, el hilo de oro que teje las redes de afecto y de solidaridad que nos unen y vinculan como seres humanos. Por eso, el doctor Buitrón volcaba en cada caso clínico toda la responsabilidad y la empatía que dignifican y hacen imprescindible a la profesión médica. En Galicia o al otro lado del océano. Allí donde pudiese ayudar, aportar o echar una mano.

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Nos vimos hace muy poco, en O Courel. Nos acompañó en un encuentro de Sumar, dispuesto, como siempre estaba Buitrón, al diálogo, a la escucha, a compartir su sabiduría y su criterio político. Hablábamos muy a menudo, intercambiábamos mensajes, me enviaba artículos y reflexiones personales, pero, sobre todo, me cuidaba. Lo hizo la misma mañana en la que nos dijo adiós para siempre. Será muy difícil hacerse a la idea de que su entusiasmo, sus consejos, su firme defensa de la vida, aquel Yolandiña pronunciado entre risas y bromas, no me van a acompañar más.

La muerte de alguien a quien queremos fractura una parte de nosotras mismas, quizás la más valiosa. Pero cuando ese alguien es un amigo tan excepcional como José García Buitrón nos asiste, en medio del dolor, una certeza: él me quería en su vida y yo lo quería en la mía. No importa dónde esté, en qué lugar alejado de su casa de Eirís. Importa el orgullo de haberlo tenido cerca, su memoria, su lección de amor y el ejemplo de una vida que nunca se agotará en nuestro recuerdo.

Yolanda Díaz es vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social



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