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Los seguidores del clérigo iraquí Al Sadr asaltan el Palacio Presidencial en Bagdad | Internacional


Seguidores del clérigo chií iraquí Muqtada al Sadr han asaltado este lunes el Palacio Presidencial en Bagdad después del anuncio de la retirada del influyente líder religioso. “Había decidido no intervenir en los asuntos políticos, pero ahora anuncio mi retirada definitiva”, desveló este lunes el clérigo, que también contó que cerrará todas las sedes de su movimiento, denominado Bloque Sadrista, que ha sido clave en la política del país. Horas después del anuncio, sus acólitos, que llevaban acampados desde hace un mes frente al Parlamento, entraron al Palacio Presidencial, en la denominada Zona Verde, donde se ubican las sedes del Gobierno y otras instituciones políticas iraquíes. La misión de la ONU para Irak ha descrito los incidentes como “una escalada peligrosa” e hizo un llamamiento a la calma y el apoyo a las fuerzas de seguridad: “La supervivencia del Estado [iraquí] está en juego”, ha alertado en un comunicado.

“El Comando de Operaciones Conjuntas anuncia un toque de queda en la capital, Bagdad, que incluye a los vehículos y a todos los ciudadanos, a partir de las 15.30 hora local de hoy, lunes”, han dicho las autoridades en un comunicado oficial, sin ponerle plazo de fin a la medida. El primer ministro iraquí en funciones, Mustafa al Kazemi, también confirmó el asalto y anunció, además, la suspensión de las sesiones del Ejecutivo “hasta nuevo aviso”. Desde las elecciones de octubre del año pasado, Irak está batiendo un nuevo récord de parálisis, pues las fuerzas políticas no han conseguido construir un Ejecutivo estable. Ese estancamiento político tiene paralizado al país sin capacidad para adoptar las reformas estructurales que necesitaría.

Los partidarios de Al Sadr se manifiestan, con una foto de su líder, en frente del Tribunal Supremo iraquí el 23 de agosto. AHMED JALIL (EFE)

El movimiento sadrista, bajo la coalición Sairún (Caminantes), ganó los comicios de octubre al obtener 73 de los 329 escaños de la cámara legislativa. Sus rivales de la coalición Al Fateh (Conquista), que agrupa a varios partidos proiraníes, se quedaron en 14, para decepción de sus milicias, que denunciaron supuesto fraude. Los escaños sadristas no eran suficientes para gobernar sin contar con sus opositores, alineados mayoritariamente con Teherán.

El sadrismo mantiene una división entre el poder religioso y político. Además, se distingue de otros partidos y milicias chiíes en su desvinculación de Teherán, que en los últimos años ha ejercido cada vez más influencia en Irak. Al Sadr aboga por la soberanía de su país y el patriotismo. Ante la imposibilidad de gobernar, en junio, el clérigo ordenó a los diputados de su formación que dimitieran en bloque. Ese movimiento allanó el camino para que la alianza más afín a Teherán pasara a ser la principal fuerza del hemiciclo. Nadie interpretó el gesto como un cheque en blanco, sino como una suerte de retirada táctica, de modo que si sus rivales decidían nombrar un candidato sin consenso no dudaría en movilizar a los suyos.

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Al Sadr está al frente del único movimiento genuinamente popular surgido tras la invasión en 2003 de EE UU, cuyas tropas combatió. En sus propias palabras, su movimiento buscaba “reparar” la política del país: “Acercar a los políticos al pueblo para que sientan su sufrimiento”. En los comicios de 2014 y de 2018, las coaliciones políticas apadrinadas por el clérigo ―Al Ahrar y Sairún, respectivamente― obtuvieron suficientes escaños para darle al líder la posibilidad de influir en el Gobierno de Irak, sin participar directamente en el mismo. Así, el sadrismo, con gran apoyo entre el pueblo, pero no así entre la élite chií, ha controlado ministerios como el de Salud, Transporte o Infraestructura. Posiciones que han servido para consolidar su poder y expandir sus bases.

Las elecciones de octubre fueron las quintas desde la invasión estadounidense de 2003 y estuvieron marcadas por una apatía generalizada. La participación superó por poco el 40%. Su celebración se adelantó en respuesta a una ola de protestas sin precedentes, en octubre de 2019, que suponía una enmienda a la totalidad del régimen político, al que se atribuían la corrupción, la falta de trabajo, los servicios públicos deficientes y las injerencias extranjeras.

La misión de la ONU en Irak advirtió a principios de este mes de una posible escalada. Por eso, este lunes, tras el asalto, ha hecho un llamamiento a todos los actores políticos para “rebajar la tensión y restablecer el diálogo como único medio para resolver las diferencias”: “Hay que evitar que pueda desencadenarse una cadena de acontecimientos imparable”.

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