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Todos los ofendidos de Irán, contra EE UU | Mundial Qatar 2022


José Mourinho sostiene que los partidos empiezan a jugarse el día antes en la sala de prensa, y allí fue donde comenzó ayer el Irán-EE UU de esta noche (20.00, Gol Mundial). Por los periodistas iraníes. Llega, como en el Mundial de 1998, “la madre de todos los partidos”.

Cuando entraron en la sala de conferencias Carlos Queiroz, el seleccionador, y el delantero Karim Ansarifard parte de la prensa de Irán los recibió con un minuto de aplausos. El partido lo iban a jugar entre todos, algo que han exhibido desde que llegaron. Llevan días quejándose de las preguntas que sobre las protestas en su país y la represión le han realizado los occidentales a Queiroz y a sus futbolistas. Dicen que es una intromisión injusta, y ayer se habían preparado para contraatacar.

El entorno de la selección iraní ya vivía con una tensión enorme la semana pasada, pero el domingo se encendió un punto más con un tuit —ya borrado— de la cuenta de la selección estadounidense en el que aparecía la bandera de Irán sin varios de sus elementos. Solo tenía las franjas horizontales verde, blanca y roja. Le faltaba el escudo de armas del país que va en el centro, sobre la banda blanca, y también la inscripción en la que se lee 22 veces ”Allahu Akbar” (Alá es grande).

La federación estadounidense aseguró que se trataba de un gesto de “apoyo a las mujeres que luchan en Irán por los derechos humanos básicos”. Los iraníes formularon una queja a la FIFA y los periodistas del país le dejaron claro ayer al seleccionador estadounidense, Gregg Berhalter, que retirar “las palabras sagradas” constituía una afrenta muy grave.

Hicieron más cosas. Le preguntaron si había pedido a su Gobierno que retirara un navío de la Armada de cerca de sus aguas; si sabía que con el pasaporte iraní no se podía entrar en EEUU, pero sí era posible al revés; si con la crisis económica en su país creía que tenían el respaldo de sus aficionados; y si le parecía que Jürgen Klinsmann, ahora miembro del grupo de estudios técnicos de la FIFA, había emprendido una guerra psicológica contra Irán, en coordinación con los medios británicos. Hace unos días, Klinsmann criticó la actitud de los jugadores iraníes con el árbitro de su partido contra Gales: “Hicieron trabajar al árbitro. No es casualidad. Es parte de su cultura, de su forma de jugar”. Y a su capitán, Tyler Adams, le recriminaron que pronunciaba mal “Irán” —se disculpó— y le preguntaron si podía sentirse orgulloso de representar a un país con un grave problema de racismo.

Berhalter y Adams se centraron en la gran importancia del partido, que decidirá quién avanza a los octavos de final. Se disculparon por la bandera modificada —”No sabíamos nada”— y recordaron que apoyaban “a la gente de Irán y al equipo de Irán”.

En su turno, Queiroz habló de fútbol, de la dificultad que supone EE UU, y de su hartazgo por las cuestiones que escapan a la pelota: “Lo que rodea este Mundial espero que sea una buena lección para todos, y que la próxima vez aprendamos que nuestra misión es crear entretenimiento, y que al menos durante 90 minutos hagamos feliz a la gente”. Y, en el tramo sentimental de su intervención, recordó el efecto que había visto que causaba un balón cuando se lo daba a niños pobres: “No pueden imaginar el momento mágico. Pasan de la tristeza a la felicidad. Esa es nuestra misión”, dijo, y los periodistas iraníes volvieron a aplaudir.

La tensión no es comparable a la que se vivía en Francia en 1998, cuando aún estaba fresca la crisis de los rehenes y sus ramificaciones diplomáticas posteriores, pero aquel recuerdo sobrevuela el choque. Aquella tarde en Lyon, los iraníes regalaron a los estadounidenses rosas blancas en señal de paz. Y se fotografiaron juntos. “Hemos hecho más en 90 minutos que los políticos en 20 años”, dijo ese día el defensa estadounidense Jeff Agoos.

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